Un anuncio que puede costar vidas
Hace apenas unos días publiqué en este espacio una columna sobre la campaña de la Secretaría de Salud para promover el parto con matronas en casa.
Lo dije entonces: el problema no es fomentar el parto natural, lo grave es promover un parto fuera de un hospital, sin acceso a ginecoobstetras, pediatras, neonatólogos y todo el personal médico necesario, que es fundamental para proteger la salud de la madre y del bebé, sobre todo en caso de que surja una complicación médica.
Pero este anuncio de la Secretaría de Salud sostiene que dar a luz en casa es algo prácticamente normal, sencillo y deseable, siempre y cuando la madre y el bebé estén sanos.
Incluso afirma que ahora un parto natural se ha convertido en un privilegio de ricos. Qué mentira más grande y qué manera de darle prioridad a la ideología por encima de la salud.
En ningún momento esta campaña publicitaria deja claro que un embarazo considerado de bajo riesgo puede convertirse en una emergencia obstétrica en cuestión de minutos y que, cuando eso ocurre, la diferencia entre la vida y la muerte suele depender de tener un quirófano, un ginecoobstetra, un anestesiólogo, un pediatra o neonatólogo, un banco de sangre y una unidad de cuidados intensivos neonatales disponibles de inmediato.
Después de las críticas, el anuncio fue retirado. Pensé que la Secretaría de Salud había comprendido la irresponsabilidad de enviar un mensaje ambiguo sobre un tema tan delicado.
Pero esta semana la campaña volvió.
No encuentro otra explicación para insistir en promover los partos en casa, con todos los riesgos que pueden surgir, que intentar reducir el número de pacientes que llegan a hospitales que hoy se encuentran saturados.
Y es que uno de los principales problemas que enfrenta el sistema de salud pública son precisamente sus carencias de infraestructura, personal y capacidad de atención.
En el IMSS, por ejemplo, una persona que es enviada por su médico familiar para ser valorada por un especialista espera, en promedio, 61 días para recibir su primera consulta.
Una cirugía programada en la institución tarda, en promedio, 57 días hábiles y alrededor del 16 por ciento de las operaciones deben reprogramarse, principalmente por la falta de disponibilidad de quirófanos.
En los servicios de urgencias, el tiempo promedio para la primera valoración médica es de 82 minutos, y cuatro de cada diez pacientes que requieren hospitalización esperan más de 12 horas para obtener una cama.
En el caso del ISSSTE, aunque la institución ofrece citas de medicina familiar dentro de los cinco días hábiles siguientes cuando existe disponibilidad, no publica un tiempo promedio nacional para las consultas con especialistas. En la práctica, organizaciones de pacientes y derechohabientes han documentado que las esperas pueden prolongarse durante varias semanas o incluso meses, dependiendo de la especialidad y de la entidad federativa.
Precisamente por esas deficiencias resulta difícil entender que, en lugar de destinar mayores recursos para fortalecer las maternidades, ampliar los servicios obstétricos, contratar más ginecoobstetras, anestesiólogos, pediatras y neonatólogos, equipar quirófanos y mejorar la atención hospitalaria, la Secretaría de Salud insista en una campaña que puede interpretarse como una invitación a normalizar el parto en casa.
Si hoy el sistema sabe de la saturación hospitalaria y de las largas listas de espera, la respuesta debería ser invertir para que todas las mujeres tengan acceso a un parto digno, no incentivar el parto en casa.
Imaginemos, por un momento, a una adolescente embarazada que ve ese anuncio. Puede concluir que dar a luz en su domicilio es algo sencillo, natural y hasta recomendable. Puede pensar que, si otras mujeres lo hacen, ella también puede hacerlo sin mayor problema.
Ése es precisamente el riesgo de una campaña de comunicación pública: no basta con que el mensaje sea técnicamente defendible; debe ser imposible de malinterpretar.
Mi crítica tiene dos vertientes.
La primera es que nuevamente se intenta imponer una visión ideológica por encima de la evidencia médica.
El anuncio afirma que antes era normal tener un parto natural y que ahora eso se ha convertido en algo exclusivo de personas con dinero.
Seamos realistas ¿cuántos de estos funcionarios que hoy promueven el parto en casa realmente permitirían que sus esposas o sus hijas dieran a luz únicamente con una partera y sin acceso inmediato a servicios médicos? Le aseguro que ninguno.
Sí existe un porcentaje muy pequeño de mujeres que han decidido tener a sus hijos en casa. Algunas figuras públicas, incluso, lo han compartido ampliamente en redes sociales.
Pero lo que pocas veces se dice es que esos partos estuvieron cuidadosamente planeados, con embarazos estrictamente seleccionados, médicos especializados supervisando el proceso, ambulancias listas para intervenir y hospitales preparados para recibir a la paciente en caso de cualquier complicación. Y aun bajo esas condiciones, los riesgos nunca desaparecen.
La enorme mayoría de las mujeres que dan a luz en su casa no lo hace porque haya elegido un modelo sofisticado de parto humanizado. Muchas lo hacen porque viven lejos de un hospital, porque no alcanzaron a llegar, porque no cuentan con transporte o porque simplemente no tienen otra alternativa.
No confundamos una decisión médica cuidadosamente planificada con una consecuencia de la pobreza. La segunda crítica tiene que ver con las prioridades.
Si verdaderamente el objetivo del Gobierno fuera promover un parto digno y respetado, la solución no sería incentivar el nacimiento en el hogar. La verdadera política pública consistiría en transformar las maternidades de los hospitales del sector público.
Un parto digno como sugieren, puede hacerse dentro de un hospital, y si aparece una emergencia, el equipo médico ya está ahí.
Mientras se destinan miles de millones de pesos a construcciones faraónicas, el sistema público de salud enfrenta una falta crónica de medicamentos, quirófanos, equipo médico y mantenimiento hospitalario.
Es cierto que en México hay especialistas de primer nivel, médicos extraordinariamente preparados que dan todo por sus pacientes, pero cada día trabajan en condiciones más precarias y con menos recursos.
Hoy la supervivencia de los recién nacidos en México supera el 98 por ciento durante el primer año de vida, ésta es una cifra de éxito, ¿para qué regresar al pasado?
También es cierto que diversos estudios de la Secretaría de Salud y organismos especializados muestran que la mortalidad neonatal puede llegar a ser hasta dos veces mayor en los estados y comunidades con mayor rezago, económico, donde existen mayores dificultades para acceder oportunamente a hospitales con capacidad resolutiva.
Reitero nadie está cuestionando el parto natural. Nadie propone regresar a una obstetricia deshumanizada.
Lo que sí resulta inaceptable es que, ante la falta de recursos y las deficiencias del sistema de salud, sea el propio Estado el que impulse campañas publicitarias que pueden desalentar a las mujeres de acudir a los hospitales, justamente cuando una emergencia obstétrica puede decidirse en cuestión de minutos.