El juego de la muerte

Mientras muchos de nosotros veíamos ayer el Super Bowl, en el que se enfrentaron los Broncos de Denver a las Panteras de Carolina, pocos pensamos en el riesgo que corren estos deportistas.
Un estadounidense vive en promedio 76 años; un jugador de la NFL, sólo 57. Un jugador profesional recibe tantos impactos en la cabeza que equivaldrían a 25 mil accidentes leves de tráfico. Los suicidios, la demencia y la depresión son un común denominador entre los expracticantes de futbol americano.
Son millones de dólares los que se recaudan en torno a esta disciplina. Tan sólo un spot de televisión de 30 segundos tiene un costo aproximado de 5 millones de dólares. Por eso estos datos se han intentado ocultar.
Según el Consejo Nacional de Seguridad en Estados Unidos, en 2013, 420 mil 581 jugadores de futbol tuvieron algún tipo de lesión; sin embargo, hay quienes dicen que ésta es una cifra muy conservadora y en la actualidad podría alcanzar hasta un millón de lesionados anualmente, contando todas las categorías.
Las lesiones van desde esguinces, torceduras y fracturas hasta situaciones mucho más serias, como conmociones cerebrales, que los pueden llevar a la muerte. Las reiteradas conmociones que sufren aumentan el riesgo de padecer trastorno cerebral, que no presenta síntomas, pero a largo plazo se manifiesta en mal de Parkinson, brotes psicóticos, demencia y hasta el suicidio.
Entre 2005 y 2014, 148 practicantes de futbol de preparatoria y universidad fallecieron por causas relacionadas, directa o indirectamente, con este deporte, contra seis jugadores en la categoría profesional y la semiprofesional.
Hace poco estuvo en cartelera una biografía llamada La verdad oculta, que la NFL intentó impedir.
La historia central es la de Mike Webster, el legendario centro que ganó cuatro Super Bowls con los Acereros de Pittsburgh en la década de los 70 y quien recibió fuertes golpes tratando de proteger a su quarterback, muchos de ellos en la cabeza. Se retiró a los 38 años y murió a los 50.
Webster vivió sus últimos años preso de un desequilibrio mental y un estado depresivo que lo llevaron a perder su dinero y su familia y lo empujaron al camino de las drogas y el alcohol.
El patólogo forense Bennet Omalu, inmigrante de Nigeria quien llegó a Estados Unidos con el sueño de construir una mejor vida para él y su familia, realizó la autopsia de Webster. Omalu no tenía idea alguna de que Webster era un exjugador famoso de Pittsburgh.
Omalu pidió se hiciera una serie de exámenes clínicos al cerebro de Webster para descubrir las causas de su fallecimiento súbito, a lo que su jefe inmediato se negó, por falta de presupuesto y personal.
Intrigado, Omalu pagó de su bolsa más de 20 mil dólares para efectuar los estudios. Ahí se dio cuenta de que tejidos del cerebro de Webster presentaban heridas microscópicas que, con el paso del tiempo, alteraron el comportamiento neurológico del exintegrante de los Steelers hasta llevarlo a la demencia.
Omalu clasificó su hallazgo como encefalopatía traumática crónica (ETC) y en ese momento comenzó su lucha para dar a conocer los riesgos que corren los atletas que practican este deporte.
La cinta describe las presiones a las que Omalu fue sometido por parte de la NFL, que por ningún motivo quería que se hicieran públicos los riesgos que conllevan las conmociones y las lesiones cerebrales que sufren los jugadores en los partidos o entrenamientos de sus equipos.
“Las cabezas de los seres humanos no están diseñadas para dar ni recibir golpes”, estableció el patólogo.
“Cada vez que nuestra cabeza recibe un golpe, el cerebro rebota varias veces en contra del cráneo y eso provoca heridas irreversibles. Hay que pensar en eso cada vez que vemos a un jugador de futbol americano hacer una tacleada”, dijo.
Webster empezó a practicar futbol americano desde que era niño, pasó por las filas colegiales y estuvo casi dos décadas en la NFL. En ese lapso Omalu estima que el centro de los Acereros se llevó un mínimo de 70 mil golpes en la cabeza.
“Ése es un cálculo muy conservador, pudieron haber sido más de 200 mil”, expresó.
“La fuerza de un golpe en la cabeza en un partido de futbol equivale a la misma fuerza de recibir un martillazo con el casco puesto. Un solo golpe de esa magnitud puede causar daños graves al cerebro. ¿Te imaginas entonces las consecuencias de recibir 70 mil de esos golpes en la cabeza?”, comentó.
“Los daños cerebrales van a ocurrir tarde o temprano, 90 por ciento de los que juegan futbol americano van a mostrar síntomas de ETC”, advirtió Omalu. El de Webster fue el primer caso documentado y a partir de ese momento se han registrado más de 50 similares.
En 2012 más de cinco mil exjugadores interpusieron una demanda por negligencia alegando que la liga ocultó información y engañó sobre los posibles efectos a largo plazo de las lesiones en la cabeza.
Si bien la demanda fue una combinación de cientos de acciones realizadas por más de cinco mil exjugadores de la NFL, y en un principio contemplaba un acuerdo monetario de 765 millones de dólares, la juez federal Anita Brody declinó el trato en enero de 2014, al estimar que dicha cantidad no sería suficiente para cubrir a todos los que pudieran necesitar asistencia.
Estas historias no se pueden quedar en la oscuridad, se espera que muchos más casos salgan muy pronto a la luz, sobre todo ahora que ya se sabe que efectivamente tanto golpe por el futbol americano puede traer consecuencias graves.
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