Terrorismo al menudeo

¿Quién podría imaginar que dos jóvenes, un estadounidense de 28 años de nombre Syed Rizwan Farook, quien llevaba 5 años trabajando para el Departamento de Salud Pública del condado como inspector ambiental, un joven alto, delgado y con barba que sus compañeros de trabajo estimaban, y su esposa, Tashfeen Malik, de 27 años, llegarían a la empresa de trabajo al convivio para festejar la Navidad y dispararían a sus compañeros?
En el tiroteo 14 personas murieron y 17 resultaron heridas. El ataque de San Bernardino es el que más fallecidos ha dejado en Estados Unidos desde la masacre de la escuela de Sandy Hook de diciembre de 2012, en la que 26 ciudadanos perdieron la vida.
Y aunque el presidente Obama, en un comunicado el jueves por la mañana desde la Oficina Oval, dijo que el tiroteo está posiblemente vinculado con el terrorismo, no descartó que fuera relacionado un conflicto laboral. Expertos han dicho que estos ataques cuando son por problemas en el centro de trabajo es extrañísimo que ocurran en pareja.
Todo apunta a que fue un acto terrorista. El periódico Washington Post confirmó que el tiroteo en San Bernardino fue el segundo ataque registrado en el mismo día; el primero ocurrió en el estado de Georgia, con saldo de un muerto y tres heridos.
Pero las matanzas de este tipo han proliferado en Estados Unidos. El mismo The Washington Post reportó que este nuevo incidente es el número 355 en 336 días en el año. Y el sitio Gun Violence Archive señaló que hasta octubre de 2015 se habían producido 48 mil 315 incidentes con armas de fuego en Estados Unidos.
Hace unos días se llevó a cabo el Black Friday, que es el equivalente al Buen Fin en México, en el cual se hacen significativos descuentos en las compras. ¡En ese fin de semana aumentaron 5% las armas en Estados Unidos por la cantidad de armamento legal que se vendió!
El pasado 29 de noviembre 3 personas murieron y 9 más resultaron heridas en una clínica de planeación de la natalidad en Colorado Springs, Colorado. El sospechoso de los ataques es el policía Robert Lewis. El 1 de octubre pasado otros 9 muertos y 9 heridos en una universidad comunitaria en Umpqua, en Oregon. Christopher Sean Harper-Mercer, un joven que había luchado durante mucho tiempo con problemas de salud mental, fue quien disparó y mató a ocho compañeros y un profesor; tras un enfrentamiento con la policía terminó por quitarse la vida. El 16 de julio de este año, otros 5 muertos y 3 heridos en Chattanooga, Tennessee. Mohammod Youssuf Abdulazeez, de 24, abrió fuego contra dos centros militares situados a más de siete millas de distancia y mató a cuatro infantes de marina y un marinero de la Armada. Youssuf Abdulazeez fue abatido durante el segundo ataque.
La lista es interminable. Hemos visto incluso asesinatos en televisión en vivo, como el de la reportera Alison Parker y su camarógrafo, Adam Ward, cuando fueron sorprendidos mientras hacían un reportaje para una cadena local de televisión en Virginia. En ese entonces el presidente Barack Obama dijo que en Estados Unidos se tendrían que reconsiderar las leyes para portar armas.
El gobierno de Obama también impulsó un conjunto de medidas para reformar la legislación de control de armas, pero el Congreso no aprobó siquiera la que generaba más consenso: un sistema de verificación universal de antecedentes para impedir que las armas llegaran a los criminales o a las personas con problemas de salud mental.
Éste es quizá el tema más serio que tiene Estados Unidos en el ámbito de seguridad y en particular en su lucha contra el terrorismo. ¿Cómo controlar a personas aparentemente estables, con trabajos dignos, que pueden ser terroristas en potencia? ¿Cómo detectarlos? Se podrán gastar millones de dólares en cuidar fronteras o aeropuertos, pero, por lo que dicen las estadísticas, el verdadero riesgo está en este terrorismo al menudeo que ha acabado con la vida de decenas de personas tan sólo este año en territorio estadounidense.
Y el riesgo se potencia con la gran cantidad de armas que tienen los estadounidenses a su disposición, y por la cantidad de terroristas que buscan incluso vía Internet a quien ejecute víctimas. The New York Times hace tiempo publicó un estudio que decía “Ningún país del mundo tiene más armas per cápita, 270 millones en manos de civiles”.
Es momento de que los detractores de hacer leyes en contra de las armas en Estados Unidos se den cuenta de que el riesgo de que le pase algo a sus familias es grande. Personas como los asesinos de San Bernardino son precisamente los aliados que busca el Estado Islámico y otros grupos terroristas para matar gente en Occidente. Y ése es el verdadero riesgo que se tiene en un país con tantas armas a disposición de cualquiera.
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