Back

“Siempre he creído que el periodismo puede ser la mejor literatura”: Un Café Con Laura Restrepo

La escritora Laura Restrepo de niña andaba de una escuela a otra ya sea por los viajes constantes de su padre —quien no creía en la educación formal— o porque la echaban por no seguir las normas. Su infancia estuvo marcada por las visitas a museos y lecturas; sin embargo, cuando comenzó a dar clases en una escuela pública a los 17 años, supo que había otro mundo fuera del núcleo familiar y quiso vivir su propia aventura. Sus alumnos le mostraron sus casas y barrios. “Entré a la izquierda por mis alumnos de secundaria”, cuenta en esta entrevista que hicimos conjuntamente con Jorge Fernández Menéndez. Su experiencia política la encaminó también al periodismo, donde uno de los riesgos que vivió fue cuando recibió amenazas de Pablo Escobar. Fue comisionada por la paz durante las negociaciones con la guerrilla colombiana, por lo que después se tuvo que exiliar en México. Aquí incursionó en la literatura, una decisión que no tomó sino como todo su trayecto, lo que “la vida me va llevando, yo siempre he sido partidaria de dejar que la vida me viva”.

Pregunta: En tu literatura hay una cosa que me interesa muchísimo: la combinación de la ficción con la realidad, eres discípula de García Márquez o de la generación posterior a él, pero, es una literatura completamente diferente, no estamos hablando de realismo mágico, estamos hablando de ficción y realidad que se entrecruzan constantemente en tu trabajo.

Respuesta: Creo que tiene que ver con el hecho de que he sido maestra, periodista, he estado metida en la política y finalmente fui a dar a la Literatura, pero antes de pasar por otras disciplinas. Siempre me pareció que tenía que echar mano de todas mis herramientas según el tema lo fuera pidiendo, sin atenerme a una fórmula. En mis novelas hay ficción, pero también reportajes; nunca quise atenerme a los prejuicios, quise actuar con libertad, pues la relación con el lector no se da en términos de categorías, él entra con pasión si la historia lo llama y lo jala y si la manera como está escrito lo seduce. Nunca he creído que la literatura sea superior al periodismo, estoy convencida de que el periodismo cuando puede darse el tiempo necesario, cuando no es una nota escrita a la carrera, puede ser la mejor literatura y al mismo tiempo creo que la ficción tiene mucho de investigación, de hecho, cuántos de los grandes escritores: vámonos a los clásicos, por ejemplo Balzac, quien para sus ficciones sacaba la información de los juzgados, donde iba a buscar casos que le sirvieran de base. Siempre me he movido ahí con libertad, ¿qué es esto?, ¿es novela?, ¿es periodismo?, es todo al mismo tiempo.

 

Pregunta: Lo que importa es que todo ese trabajo, tanto de ficción como de realidad, está sustentado; tú hablabas de pasión, has tenido una vida de muchas pasiones.

 

Respuesta: Pero claro, se pasa una sola vez por este planeta, más nos vale vivirla intensamente.

 

Pregunta: Empezaste desde niña, nunca estuviste mucho tiempo en un solo colegio. Tú papá no creía en la educación convencional, siendo un hombre muy culto y muy preparado, y estuviste con constantes cambios desde muy chiquita.

 

Respuesta: Mi papá era lo que allá en Colombia llamamos “pata de perro”, muy viajero y muy apasionado, sabía hacerlo de manera muy divertida, muy ágil. Mi mamá siempre lo acompañó y, mi hermana y yo, que éramos chiquitas, íbamos detrás.

 

Pregunta: Aprendiste más en los viajes que en la escuela.

 

Respuesta: Sí estuvimos en muchas, nos sentamos a veces mi hermana y yo a hacer la cuenta de a cuántas escuelas fuimos y a veces se nos olvida alguna. Nos echaban de las escuelas también, eramos un par de niñas salvajes que no sabíamos lo que era ’haga así o haga asá’, lo hago como me da la gana y así desde pequeñas. Mi papá encantado cada vez que nos echaban de la escuela: ‘¡Ah, ya por fin, salimos de eso, sigamos adelante!’, decía. Eran muy dados los dos a enseñarnos ellos cosas, estupendos lectores, muy enterados del arte, para ellos la educación era ir a los museos, ir a las ruinas, leer en casa. Mi mamá nos enseñó a leer y a escribir muy pequeñitas a las dos, con juegos que ella se inventaba. Nos criaron en ese clima, no de escuela, pero sí como de exigencia de estar leyendo, escribiendo, aprendiendo de arte, de historia, fue una infancia muy feliz.

 

Pregunta: Con ese ambiente, te conviertes muy joven también en militante de izquierda, en unos años muy convulsos tanto en Colombia, como en América Latina.

 

Respuesta: Así es, eso de alguna manera chocó muy fuerte con la vida tan estrecha de familia que teníamos, porque la viajadera también hacía que viviéramos muy centrados en el núcleo familiar. Pero, pese a que adoraba a mi papá con toda el alma y también a mi mamá y a mi hermana —ya están muertos mis padres— sentía que de alguna manera también había una vida afuera y que yo quería vivirla independientemente, por mi cuenta, mi propia aventura. Mi papá resintió mucho esa vida militante porque me metía en sitios muy calientes y ellos vivían en la agonía de dónde estaba yo.

 

Pregunta: ¿Cómo te conviertes en militante política?, estás en Colombia y luego uno descubre que estuviste en España, en Argentina, tienes un libro extraordinario de esa época: Demasiados héroes. ¿Cómo es esa historia?

 

Respuesta: Empecé a dar clases a los 17 años en una escuela pública de varones, porque entré a la universidad muy jovencita, como no había hecho colegio, presenté todos mis exámenes en el Ministerio. A los 15 años ya estaba graduada y entré a la universidad, me dieron puesto de profesora de Literatura muy rápido en una escuela pública donde estudiaban muchachos que venían de las barriadas bravas y ellos me fueron jalando, me confrontaban. Llegaba allá con mi minifalda y en el Mercedes de mi papá y éstos me ponían ahí contra la pared. Duros muchachos había ahí, mayores que yo algunos. No les enseñaba nada, qué les va a enseñar una niña de 17 años. Ellos me llevaron a sus casas, a sus barrios, me mostraron otra realidad, entré a la izquierda por mis alumnos de secundaria.

 

Pregunta: ¿Qué te enamora de esa realidad?

 

Respuesta: Era como una aventura fascinante, una puerta abierta ahí. Era un país complejo, violento, terrible, lo había vivido muy matizado allá desde mi lado.

 

Pregunta: Y una América Latina en época de dictaduras.

 

Respuesta: Además, una América, pero eso viene un poco después porque luego ya entro a ser profesora universitaria y ahí me encuentro con el trotskismo, no sabía las diferencias de la izquierda. La verdad, la razón por la cual opto por el trotskismo fue porque todo el mundo le caía a uno, los maoístas, los del Partido Comunista, todos querían captar gente y el trotskismo me quería captar a mí. Llevaba a Proust debajo del bazo, entonces dije: ‘Si éstos son de izquierda y además leen a Proust, éstos son los míos’.

 

Pregunta: Sí, éstos son mejores.

 

Respuesta: Sí. El trotskismo, entre sus premisas, tenía que la revolución no se podía hacer en un solo país, que, o todos los países cambiaban su forma de vivir o ninguno lo iba a lograr, entonces había que militar en todos lados. Dentro de esa premisa nos mandaban a todas partes, hay unas historias muy alucinantes, a mí me mandaron a España a hacer trotskismo en el PSOE, éramos un grupo trotsko camuflado dentro del Partido Socialista Español.

 

Pregunta: Te vas a Argentina, también.

 

Respuesta: Después me mandan a la Argentina. En Madrid había una oficina de solidaridad, era la Argentina de los tremendos dictadores, de Jorge Rafael Videla, de Eduardo Viola, de Fortunato Galtieri y en Madrid había una oficina de solidaridad con los presos, con las Madres de Plaza Mayo, con los desaparecidos, yo trabajaba ahí y el sueño de todos los que estábamos era trabajar desde adentro. Apenas hubo la oportunidad entré a Argentina y allá estuve cuatro años en la clandestinidad, nunca con armas, porque la línea del trotskismo era por principio no armado, era de lucha democrática, sindical, por el socialismo.

 

Pregunta: Pero, sí con tu pluma haciendo distintas labores periodísticas, apoyando a las víctimas de la dictadura.

 

Respuesta: Sí, era militante de base, a mí nunca me dieron puestos de dirección ahí. Además, porque las ’burguesitas’ no éramos tan bien vistas, ahí las jerarquías eran otras, cosa que me alegra mucho, haber conocido esa izquierda desde la base y no desde las estructuras que, como en todos lados, siempre son más burocráticas.

 

Pregunta: Son unos años de una enorme efervescencia, quizás cuando uno platica ahora que fui militante y luego me fui a España, a Argentina, luego a otros lugares, la gente dice, bueno, qué le pasa, ¿qué bicho la picó? Pero, son años de una efervescencia social, juvenil, completamente diferentes a como se viven ahora, aquí ahora se viven otras efervescencias, pero no aquéllas.

 

Respuesta: Claro, eran tiempos en donde sí creíamos que el mundo se podía cambiar. Tal vez el capitalismo no aparecía como esa cosa tan apabullante que fue después, además estaba la Revolución Cubana, que después sufrió un proceso de deterioro, pero en ese momento era eso, era el mayo del 68 francés, era la Teología de la Liberación en América Latina, los movimientos campesinos, sí había la convicción de que si uno se jugaba a fondo, se podía lograr un mundo mejor, eso era lo que nos movía.

 

Pregunta: Y cuando pasan estos años, volteas a ver hacia atrás, ¿sigues enamorada de esas ideologías?

 

Respuesta: Sí, sigo creyendo en lo que creí siempre, sigo creyendo que el mundo tiene que cambiar, si no cambia yo creo que va a la disolución, no creo que los humanos puedan andar mucho más con esta naturaleza desbaratada. Me alegra no militar porque eso era duro y exigido como el demonio.

 

Pregunta: Después de esos años, estás en Argentina y demás, regresas a Colombia de los años de plomo, son años terribles, donde todo esto que estamos platicando ahora se comienza a cruzar con el fenómeno también del narcotráfico.

 

Respuesta: Es un poco antes porque vuelvo cuando ya vienen las Malvinas en Argentina, ya viene el fin de la dictadura, no había tanto el espacio para un extranjero ahí metido, vuelvo a Colombia, pero volví al periodismo comercial, en la revista Semana. Estaba Felipe López, que era el director de la publicación, la estaba inaugurando. Yo tenía experiencia en la política y era graduada en Filosofía y Letras.

 

Pregunta: Y ya tenías un hijito, ¿no?, entonces tenías que encontrar un mundo un poco más tranquilo.

 

Respuesta: Había sido militante profesional, a mí el partido me pagaba, aquí había que ver de qué iba a vivir, entonces me contratan y me dan la sección de política nacional de la revista Semana. Muy interesante porque eso se cruza con García Márquez, ya él era un personajón, tenía ya el Premio Nobel, pero empieza a ir los lunes al comité de redacción. Esa época fue muy apasionante, en donde Gabo leía lo que escribíamos: ‘Esto está muy mal, por qué titulan así, vaya e investigue esto, verifíqueme este dato’. Fue tener ahí al maestro.

 

Pregunta: ¡Ésos sí son posgrados!

 

Respuesta: Sí, hombre, ésos sí eran verdaderos posgrados. Por primera vez se da un proceso de paz entre los grupos insurgentes y el gobierno, un proceso de paz en América Latina, eso no había sucedido, siempre eran compartimentos totalmente separados. Me nombran comisionada de paz entre el M-19, la guerrilla que pide en ese momento la negociación y el presidente Belisario Betancourt, quien accede con un gesto grandioso, que es dar la amnistía a los presos políticos en el país, había miles, estaban llenas las cárceles de presos políticos. Empieza ese proceso de paz, que fue fascinante, fue una época de apertura democrática en todos los niveles, no sólo se estaba negociando la legalización de la guerrilla y la entrega de armas, sino también un cambio democrático en todos los niveles en el país; y al mismo tiempo, era un baño de sangre porque había sectores muy duros que estaban en contra de que se hiciera un proceso de paz, y donde había un encuentro de la Comisión con la guerrilla, entraban a bombardear y entraban a tiros.

 

Pregunta: Y también la época de Pablo Escobar.

 

Respuesta: Eso viene un poquito después, ahí empiezan a perfilarse los grupos paramilitares y ese primer proceso de paz, de hecho, el M-19 logra firmar, pero mueren casi todos los comandantes, queda vivo uno, los van asesinando a todos, el que entrega las armas lo van asesinando y, como dices tú, tercia el fenómeno del narcotráfico que entra con una virulencia tremenda. Ahí entra con todo, al principio para sorpresa absoluta de todos, porque hoy en día del narcotráfico lo sabemos todo, demasiado, pero en ese tiempo uno no sabía. De pronto, viene este vendaval de muerte y de dólares, como periodista también tengo que enfrentarme a él, con amenazas, además, en algún momento directas de Pablo Escobar.

 

Pregunta: A ver, cuéntanos.

 

Respuesta: Me metí en algún momento a las comunas nororientales de Medellín, donde estaba concentrándose el fenómeno del sicariato, todos los días en el país aparecían magnicidios, mataban ministros, jueces, candidatos presidenciales y nadie sabía quién los asesinaba. Tuve contacto con Alonso Salazar, quien llegó a ser alcalde de Medellín, en ese momento era un periodista que se va a vivir a las comunas y, de pronto, se entera de que quienes están matando son jóvenes de 14 años, 15 años. Era la escuela de la muerte de Pablo Escobar. Hablé con muchos de los muchachos, la manera de hablar —Alonso fue el que me enseñó, porque vivía allá—era bailando. Eran muchachos locos que tenían por detrás, cada uno, sesenta muertos.

 

Pero, tú sabes que los colombianos bailan y en esos barrios hay bares y allá llegaban y, de pronto, el contacto físico generaba un ambiente confesional, eran muy ávidos de confesar, de contar lo que estaban haciendo. Saqué un artículo que fue una bomba en el país, de hecho, lo tradujeron como a cuarenta y pico de idiomas, se llamó La cultura de la muerte, que revelaba por primera vez en el país, el fenómeno del sicariato, yo firmé eso, salió en la revista Semana. Como el artículo fue una bomba —yo ya estaba como freelance— después Felipe López, el director, saca un segundo artículo, manda a alguien más y la persona que va hace una cosa mucho más tradicional, que es ir con la policía y obtener la información de ahí, pero tú sabes que la policía pasa la información que le interesa, con nombres propios, acusando, cosa que yo no había hecho, lo mío era un panorama humano, sociológico.

 

Sale ese artículo sin firma y un día golpea a mi puerta un viejo amigo mío que trabajaba en Derechos Humanos y me dice: ‘Es urgente, tengo que hablar contigo, a Pablo Escobar le cayó fatal el segundo artículo y que te va a mandar matar’. Entonces le dije: ‘Dile a Pablo Escobar que si me va a matar, me mate por el primero, que fue el que firmé, pero que el segundo no lo escribí’. Pero uno queda inquieto, porque cuando Pablo decía aquí, bajaba un avión, reventaba un centro comercial, para él eso no tenía misterio. Como a la semana volvió ese amigo y me dijo: ‘Ya pude hablar con Pablo, le expliqué que el artículo tuyo era el primero y que del segundo tú no tienes nada que ver’. Me fui del país unos meses, ¡hasta que Pablito le dijera a su sicario que no me tenía que matar!

 

Pregunta: Te vas del país y ¿ya habías comenzado tu trabajo en la literatura como escritora, además del periodismo?

 

Respuesta: No mucho, con el proceso de paz vengo a parar a México al exilio. Tenía toda la información de lo que había sucedido en el proceso de paz, los medios ya no querían sacar eso. Tenía toda la información, con eso saco el primer libro, Historia de una traición, que después se reeditó como Historia de un entusiasmo. Es el libro mío que más se ha vendido, en ediciones piratas, inclusive. Como sin querer queriendo, terminé haciendo libros. Fue el primero, fue un reportaje con mis vivencias.

 

Pregunta: ¿Cómo das el brinco a novela?

 

Respuesta: Tampoco fue una decisión que yo tomara, como que la vida me va llevando, yo siempre he sido partidaria de dejar que la vida me viva, más que tomar decisiones. Y el segundo fue, que ya estando aquí en México, la vida del exilio, estar volcado sobre sí mismo, uno siempre soñando con el país que dejó atrás, donde no puede volver, como con el cuerpo aquí, pero con el corazón en el otro lado, hasta que dije: ‘No, más, estoy en un país fascinante y se me está escapado por andar soñando’.

 

Pregunta: Muchas veces por vivir en el pasado, dejas de vivir el presente, ¿no?

 

Respuesta: Absolutamente, lo mismo pasa con el exilio geográficamente. Dije: ‘Me voy a relacionar con este país, busquemos una historia que no haya contado nadie’, que en México es muy difícil, porque es un país lleno de literatura magnífica. Me encontré con la historia de la isla de Clipperton, en el Pacífico, donde había sucedido, a principios de siglo, la aventura más fascinante de unos náufragos que se quedan nueve años. Los mexicanos no conocían mucho esa historia y yo recorrí México buscando a los sobrevivientes del grupo de personas que habían vivido aquello.

 

Con una mano adelante y otra atrás, porque ni plata tenía, ni nada, llegaba en colectivos a preguntar, no tenía trabajo, no tenía nada, pero la gente aquí es muy cordial, además muy ávida de contar la historia, llegaba a Orizaba o a Salina Cruz, buscaba el negocio que tenía cara de ser el más viejo del zócalo y allá preguntaba: ‘¿Aquí conocieron una familia que se llamaban los Arnaud?’, nunca me demoraba más de media hora y ya me estaban llevando, ‘sí, está ahí, mire, fulanito que sabe o zutanita que tiene las cartas que ellos escribieron y está la tía abuela que conserva el collar que le regaló el capitán Arnaud’ y así armé mi historia, eso fue lo que se llamó, La isla de la pasión, la primera novela que escribí.

 

Pregunta: Y a partir de eso has escrito mucho. No quiero dejar de hablar de tu reciente libro Pecado.

 

Respuesta: Caemos en Pecado . El tema creo que es muy inquietante, que es la relación del ser humano con el mal, entonces tienes una serie de capítulos bastante independientes entre sí y cada uno es de un pecador, tienes pecados serios.

 

Pregunta: Eso es cuando uno dice, el mal sí existe, ¿no?

 

Respuesta: Sí, este es el mal puro y duro. Hay una chica Emma, que descuartiza al novio y va a parar a un pabellón de criminales en una cárcel de mujeres; hay una pareja adultera; hay un padre y una hija que acaban enredados en un asunto de incesto; hay un asesino en serie; hay tres muchachas rubias, se llaman Las Susanas, su pecado sería el de la frivolidad; está la lujuria también, que finalmente resulta ser el más leve de los pecados, o, quizá, habría que sacarlo de la lista porque ya no aparece como tal. En todos estos capítulos está el ser humano enfrentado a eso que llamamos el mal, esas aguas tan turbias y al mismo tiempo tan indescifrables, tan gelatinosas, sin que el autor juzgue. No quise juzgar ni bueno, ni malo, ni culpable, ni inocente, sino poner a actuar a estos pecadores, para ponerlo entre comillas, y dejar que el lector diga: ’Si yo estuviera en los zapatos de esta persona, yo qué hubiera hecho’.