Matando sacerdotes

En Argentina el sacerdote Juan Viroche, quien estaba al frente de la parroquia de Nuestra Señora del Valle, en una pequeña localidad rural de la provincia de Tucumán y quien acostumbraba desde hacía tiempo pedir a los fieles que rezaran por un pueblo sin drogas y libre del delito, fue asesinado.
El clérigo ya había recibido amenazas a causa de sus constantes denuncias contra los grupos criminales que controlan la venta de drogas en la zona y las había hecho públicas a varias personas. Incluso se ha dicho que había solicitado al arzobispo de Tucumán, Alfredo Zecca, que lo trasladara a otra iglesia porque tenía miedo de que algo pudiera sucederle.
Según informaron fuentes policiales, la mujer encargada de la limpieza fue quien encontró a Juan Viroche ahorcado en una habitación toda revuelta; sin embargo, aparentemente la hipótesis de un robo ha sido descartada.
Los habitantes de la comunidad se conmocionaron con la noticia, creen que lo mataron por sus denuncias y su lucha contra el narcotráfico y la inseguridad, y han pedido a las autoridades que se haga justicia.
Pero el caso de Viroche no es el único en Argentina, donde en varias parroquias ha habido denuncia de la actividad del narcotráfico. También en México hay muchísimas historias de este tipo. En algunos casos los sacerdotes son amenazados, en otros los criminales buscan al párroco de su iglesia para que los confiese.
Pasó en los años 80, cuando los hermanos Arellano Félix buscaron al entonces nuncio apostólico Girolamo Prigione, quien nunca declaró lo que sucedió en ese encuentro porque decía se había dado bajo el secreto de confesión.
En este país hay poco menos de 100 millones de católicos y el crimen organizado y los delincuentes forman parte de ese número. Muchos criminales son profundamente creyentes y buscan acercamientos con los curas, particularmente con aquellos que hacen su labor en zonas de conflicto. Los sacerdotes generalmente saben quiénes son los que están involucrados en crímenes.
Ha habido 14 casos en los últimos cuatro años. En Guerrero está el del padre Gregorio, quien murió asfixiado. No podemos olvidar el del cura ugandés John Ssenyondo, quien fue secuestrado y su cuerpo hallado en una fosa clandestina. También en Guerrero.
Claro, hay otra cara de la moneda, y hay casos en que la Iglesia ha estado involucrada recibiendo beneficios del narco, si bien por temor o para poder edificar sus iglesias.
Hace años La Razón documentó el caso de Heriberto Lazcano, El Lazca, fallecido jefe de Los Zetas, quien donó los recursos para la construcción de la capilla de la Virgen de San Juan de los Lagos, en Pachuca.
Al lado de la capilla El Lazca también mandó a erigir el Centro de Evangelización y Catequesis Juan Pablo II. Incluso hizo colocar ahí una placa conmemorativa de bronce que reza: “Donado por Heriberto Lazcano Lazcano”. Y debajo de su nombre ordenó estampar el salmo 143: “Señor, escucha mi oración, atiende mis plegarias, respóndeme, tú que eres fiel y justo”.
Pero en la mayoría de los casos son los delincuentes quienes buscan a los clérigos para sanar su conciencia y esto los hace vulnerables. Al igual que sucedió con el sacerdote argentino, aquellos religiosos que denuncian el crimen organizado en su localidad están muy expuestos.
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